Colapso en los hospitales de Pekín ante la explosión de casos de covid

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Una decena de camillas ocupan el vestíbulo de Urgencias, nada más cruzar la puerta. Sobre ellas, ancianos tumbados pelean por su vida en cada bocanada de aire. Lo hacen con ayuda de enormes botellas de oxígeno dispuestas a su lado. Los médicos, que corren a toda velocidad entre los enfermos, no tienen tiempo de reparar en el recién llegado al Hospital de Pekín. Este centro de salud, como muchos otros de la capital china, está desbordado ante la crisis sanitaria provocada por una pandemia que, con tres años de retraso, comienza a tomar China.

El país se mantuvo aislado del virus por medio de una hermética estrategia, cuyas restricciones se volvieron progresivamente más intrusivas para frenar el avance de nuevas variantes, más contagiosas. Por fin, el hartazgo popular estalló hace dos semanas en unas históricas protestas que coincidieron con el peor rebrote desde el comienzo de la pandemia, para entonces ya irrefrenable. Y así, de un día para otro, la política de Covid cero se desmoronó.

Ahora, una avalancha vírica amenaza China. Según cifras oficiales, apenas el 0,13% de la población ha contraído el virus hasta la fecha, pero esta primera oleada podría disparar el porcentaje al 60%, es decir, más de 800 millones de personas infectadas por primera vez en el plazo de unas pocas semanas. A esto se añade, además, una insuficiente tasa de vacunación con sueros menos eficaces y escasos recursos médicos. Múltiples proyecciones académicas pronostican cientos de miles de muertos, un escenario catastrófico que ya empieza a manifestarse.

Una ciudad tomada

Por todo ello, Pekín es hoy una ciudad tomada por la peste. Gran parte de los habitantes buscan refugio en sus casas, contagiados o temerosos. Muchos locales comerciales permanecen cerrados, también las farmacias, cuyas estanterías lucen vacías. Las calles, con menos transeúntes y más ambulancias, tienen por banda sonora un coro de toses que se intensifica al acercarse al único lugar concurrido: los hospitales.

Su interior acoge escenas muy similares a las vividas en Wuhan al comienzo de la pandemia, en enero de 2020. También hay, no obstante, diferencias notables. En el Hospital de Pekín, por ejemplo, todos los pacientes en estado crítico son ancianos. Además, en lugar de estar aislados, cuentan con la compañía de familiares, quienes incluso toman su mano sin miedo, protegidos por la vacunación. Pero la novedad fundamental consiste en que todos los intentos de contener al virus se han rendido.

Como hace tres años, los sanitarios vuelven a cumplir con su cometido pese a estar superados por las circunstancias. En algunos centros hasta el 80% de los empleados se han infectado, muchos de los cuales están obligados a seguir trabajando, según calculaba un médico anónimo de un hospital de Pekín en declaraciones a la agencia ‘Reuters’. Ante esta situación de emergencia, todos los tratamientos e intervenciones quirúrgicas se han cancelado a no ser que el enfermo «vaya a morirse mañana».

Para evitar el colapso total del sistema hospitalario, las autoridades han acelerado la implantación de ‘fare menzhen’, es decir, ‘clínicas de fiebre’, a las que deben acudir aquellos casos positivos aquejados de síntomas leves. Estas crecen a toda velocidad: 303 clínicas ya estaban operativas el pasado lunes en la capital china, frente a las 94 de semanas precedentes, y 304 centros de atención primaria cuentan asimismo con uno de estos espacios. También se multiplican sus visitas: solo el pasado domingo recibieron 22.000 pacientes, 16 veces más que una semana antes, de acuerdo a datos de la agencia oficial ‘Xinhua’.

Sin embargo, las perspectivas más calamitosas no apuntan a las grandes urbes, sino a las zonas rurales de un país marcado por profundas desigualdades. Por este motivo, el responsable de atención primaria de la Comisión Nacional de Salud, Nie Chunlei, informó el pasado jueves en rueda de prensa que el número total de ‘clínicas de fiebre’ ya alcanza las 19.400. El organismo aspira a que para marzo del año que viene dichos preparativos se extiendan al 90% de los centros de salud, «lo que fortalecerá su capacidad de tratar a los pacientes», afirmó.

Muertes indeterminadas

Pese a la oleada de casos, los datos gubernamentales no han añadido fallecimiento alguno a los 5.235 registrados hasta la fecha. Dos funerarias de Pekín contactadas por la agencia ‘AFP’, no obstante, han reconocido estar en funcionamiento las 24 horas del día y ofrecer servicios de incineración en el acto para así poder satisfacer el repentino aumento de la demanda.

Ante unas cifras oficiales que han perdido todo vínculo, por dudoso que fuera, con la realidad, no queda más remedio que recurrir a estimaciones. Una encuesta digital realizada entre los lectores del medio local ‘The Beijinger’ revela que el 70% se ha infectado. También a «anécdatos» en primera persona: todo el círculo social de este corresponsal ha contraído el virus en los últimos días. Esa impresión comparte Zhou Shujun, una ingeniera que atiende a ABC por teléfono.

«Diría que el 90% de mis conocidos han dado positivo entre esta semana y la anterior», apunta. «Mis amigos me apremiaron para que comprara medicamentos, pero para cuando quise hacerlo ya estaban todos agotados, así que no tengo nada». Zhou lleva en casa desde el pasado domingo, y solo sale al exterior para ir a hacer la compra, tarea para la que recurre a la bicicleta en lugar del transporte público.

Su caso demuestra cómo, ante la reapertura, muchos ciudadanos de Pekín han optado por redoblar la prevención, que ahora depende solo de ellos. Ese es el mensaje de las autoridades: «Sé la primera persona responsable de la pandemia», un eslogan recurrente ante un virus que comienza a llenar los hospitales, anticipando una catástrofe que no ha hecho más que empezar.